Un dol hareubang —“abuelo de piedra”— vigila la entrada de un santuario costero mientras el viento salado del océano sur cae sobre un campo de lava negra. El sol baja sobre el Hallasan, la montaña sagrada que domina la isla, tiñendo el cielo de tonos cálidos. Aquí, en Jeju, no es raro sentir que cada roca tiene alma y que detrás de cada árbol se oculta una presencia que observa en silencio. Bienvenidos a la isla de los 18.000 dioses, un lugar donde mito y realidad, naturaleza y espiritualidad, conviven desde tiempos inmemoriales.
Jeju no es solo un destino de belleza natural extraordinaria; su paisaje volcánico es también un escenario vivo de leyendas, dioses ancestrales y prácticas rituales que aún palpitan en la vida cotidiana de sus habitantes. Su espiritualidad no es un vestigio del pasado, sino una presencia activa y familiar en la vida diaria. Aquí, muchos dioses son abuelas y abuelos, protectores del hogar y de la naturaleza, tratados con afecto y respeto como miembros mayores de la comunidad.
Esta mezcla única le ha valido también un reconocimiento internacional: en 2011 fue seleccionada como una de las Nuevas 7 Maravillas de la Naturaleza, un título fruto de una votación global que celebró su geografía volcánica y su riqueza ecológica. Pero Jeju es mucho más que un espectáculo geológico: su alma está en sus historias, en sus dioses y en su relación íntima con lo sagrado. También es el hogar del considerado «Camino de Santiago» coreano, el Jeju Olle.
El panteón de los 18.000 dioses
Jeju es conocida como la isla de los 18.000 dioses. Este número, más allá de ser literal, señala la idea de lo innumerable: casi cada aspecto de la naturaleza, cada montaña, cada arroyo, cada árbol, posee su guardián espiritual. En la cosmovisión animista de la isla, nada está desprovisto de presencia divina.
En Jeju, muchos dioses son conocidos como halmang (abuelas) y harabang (abuelos), lo que ya dice mucho sobre cómo se vive la espiritualidad aquí: lo divino no es una fuerza lejana o abstracta, sino una presencia familiar. Llamar “abuela” a una diosa no es una metáfora, es una forma real de relación. Estas deidades son vistas como ancianas sabias, protectoras, a quienes se les respeta y se les habla con la misma cercanía que a un ser querido. Esta visión genera una intimidad única con lo sagrado: en lugar de temor o veneración distante, hay diálogo, cuidado mutuo y reciprocidad cotidiana.
Entre las deidades más veneradas se encuentra Yeongdeung Halmang, la abuela del viento y del mar, cuyo arribo en primavera marca la temporada de pesca y define la prosperidad de la isla. También está Yongwang, el rey dragón del océano, señor de las perlas mágicas y protector de los pescadores.

En las aldeas, los dioses conocidos como Bonhyangdang Sin actúan como guardianes comunitarios, y cada hogar reconoce deidades específicas vinculadas a aspectos cotidianos como la cocina o la tierra: Jowang, diosa del fuego doméstico, y Jishin, guardián de la tierra bajo los cimientos del hogar.
El mito fundacional: Samseonghyeol
Cuenta la tradición oral que, en un tiempo en que la isla aún no tenía habitantes, tres seres emergieron de la tierra en un lugar llamado Samseonghyeol, a los pies del Hallasan. Estos tres semidioses —Go, Yang y Bu— salieron de la tierra como brotes de vida en un paisaje salvaje. No eran simples mortales, sino figuras dotadas de fuerza y sabiduría.
Un día, mientras exploraban la costa, encontraron un gran cofre arrastrado por las olas. En su interior había semillas, animales y un mensaje de un reino lejano: tres princesas habían sido enviadas para unirse en matrimonio con ellos. Así lo hicieron junto al estanque Honinji, escenario de una unión sagrada entre lo divino y lo humano. De estas bodas nacieron los primeros linajes de la isla, así como el conocimiento agrícola y ganadero: las cinco semillas de grano, el cultivo de la tierra, los caballos y las vacas.
Este mito fundacional explica, hasta hoy, los tres apellidos primigenios de Jeju —Go, Yang y Bu— y subraya la importancia del sitio de Samseonghyeol, donde generaciones de isleños aún rinden respeto a sus ancestros.
Seolmundae Halmang: la abuela que creó una isla
En el corazón de la mitología jejuana se encuentra otra figura poderosa: Seolmundae Halmang, la “Abuela Gigante”. Esta deidad colosal, dicen, era tan inmensa que, al recostarse en la tierra, podía tocar el océano con el dedo del pie. Era la madre primordial de Jeju, y con apenas siete paladas de tierra modeló la enorme montaña Hallasan. La tierra que se escapaba de su falda dio origen a los 360 volcanes secundarios —los oreum— que salpican la isla.
La historia de Seolmundae Halmang también tiene un giro trágico. Se cuenta que tuvo quinientos hijos, a quienes cuidaba con devoción. Un día, mientras ellos salieron de caza, la abuela entró en la gran olla donde cocinaba la comida. Los hijos, de regreso, no la reconocieron dentro de la sopa y la consumieron sin saber que era su madre. Al descubrir la verdad, se quedaron petrificados de pena y, según la leyenda, sus cuerpos se convirtieron en peñascos alrededor del Hallasan. Sus lágrimas y su sangre se transformaron en las azaleas que cada primavera cubren la montaña.

Mitos vivos: ritos y creencias hoy
Aunque muchos asocian las mitologías antiguas con relatos del pasado, en Jeju estos mitos siguen vivos en prácticas rituales y festivales que aún congregan a la comunidad.
Cada segundo mes del calendario lunar, las aldeanas y chamanas —conocidas como simbang— se reúnen en los santuarios costeros para dar la bienvenida a Yeongdeung Halmang. Al ritmo de tambores, cantos y oraciones, piden mares seguros y abundancia, celebrando un ciclo espiritual tan antiguo como la isla misma.
Los simbang, en su mayoría mujeres mayores, juegan un papel central. Portadoras de la tradición oral, continúan transmitiendo los bon-puri —relatos sagrados— y lideran rituales que conectan lo humano con lo divino. Uno de los rituales más significativos es el Chilmeoridang Yeongdeung-gut, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Durante este festival, se celebra el tránsito de los antiguos dioses a los nuevos, en una muestra de renovación cíclica que mantiene viva la conexión espiritual de la isla.
Jeju: maravilla natural y espiritual
El reconocimiento de Jeju como una de las Nuevas 7 Maravillas de la Naturaleza no solo celebra sus paisajes volcánicos, sino que pone de relieve una verdad más amplia: la isla es un lugar donde los elementos naturales —montañas, océanos, vientos— no son meros accidentes geográficos, sino presencias vivas con significados profundos.
Ese reconocimiento global se suma a su condición de Patrimonio Mundial Natural, Geoparque Global y Reserva de la Biosfera. Pero lo que distingue a Jeju de otras maravillas naturales es precisamente la coexistencia de su belleza física con una espiritualidad activa.
En Jeju, los mitos no son meras historias para el entretenimiento. Son estructuras vivas de significado que orientan la relación de las personas con el mundo natural y con su propia comunidad. La isla de los 18.000 dioses recuerda que lo divino no siempre se esconde en lo sublime o lo inalcanzable. A veces, lo sagrado tiene rostro de abuela, de abuelo, y camina entre los mortales en forma de viento, de fuego del hogar, de roca silenciosa. Jeju enseña que es posible vivir en diálogo con lo invisible, con cercanía, gratitud y respeto.

