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El arte zen de hacer la mochila

Caminar ligero para una mejor experiencia FabrikaSimf - Shutterstock
Caminar ligero para una mejor experiencia FabrikaSimf - Shutterstock

Esto es lo que los peregrinos veteranos saben y los principiantes descubren dolorosamente en el kilómetro tres.

En el kilómetro cuatro de mi primer Camino entendí que había cometido un error monumental. La mochila pesaba 14 kilos. Yo peso 58. Iba haciendo cuentas mientras caminaba: estaba llevando el 24% de mi peso corporal a la espalda. Para que te hagas una idea, las mulas —animales literalmente diseñados para cargar— llevan como máximo un 20%. Yo era menos eficiente que una mula.

Un peregrino de unos setenta años me adelantó con esa ligereza que encontraba casi sobrehumana. Él también llevaba mochila. Pero no pude evitar preguntarle: «¿Cuánto te pesa?» «Seis kilos», respondió sonriendo. «Y tres son agua».

Esa noche, en el albergue, abrí la mochila y miré lo que estaba cargando. Tres camisetas en lugar de dos. Un libro de 400 páginas. Una toalla de playa que pesaba como un gato. Champú, suavizante, crema de cara, crema de cuerpo. Vaqueros. ¡Vaqueros! Como si en el Camino hubiera código de vestimenta.

Hice lo que acaban haciendo todos los peregrinos tarde o temprano: dejé la mitad de mis cosas en una caja de donativos. Y aprendí las reglas que nadie te cuenta hasta que ya es demasiado tarde.

Las 5 reglas de oro (que salvarán tu espalda y tu salud mental)

  • Regla 1: El 10% es ley, el 15% es negociable, el 20% es una locura

La regla universal del peregrino: tu mochila no debería pesar más del 10% de tu peso corporal. Algunos veteranos dicen hasta el 15% si estás en buena forma. Nadie —nadie— dice el 20%.

«He visto a un chico alemán salir con 18 kilos», cuenta Marco, hospitalero en Roncesvalles. «Lo volvimos a ver tres días después. Había mandado 8 kilos a casa y se había dejado 50 euros en analgésicos. La matemática del peregrinaje es brutal: cada kilo extra se multiplica por cada paso. Veinte mil pasos al día durante veinte días. Haz tú las cuentas».

La física es despiadada pero democrática: da igual lo fuerte que estés, la gravedad trabaja en tu contra. Un atleta de 90 kilos con una mochila de 18 kilos (el 20% de su peso) sufrirá menos que una mujer de 50 kilos con una mochila de 10 (también el 20%), pero ambos sufrirán más de lo necesario.

¿La solución? Pésate. Pesa la mochila. Haz las cuentas. Luego quita cosas hasta que los números tengan sentido.

  • Regla 2: Si piensas «por si acaso me hace falta», no te hace falta

Hay una categoría de objetos que hincha las mochilas de todos los principiantes: las cosas «por si acaso». La navaja suiza con 47 funciones. El botiquín digno de un campamento base en el Everest. El conjunto «para las noches elegantes» (spoiler: no hay noches elegantes en el Camino).

«El “por si acaso” es el enemigo del peregrino», dice Laura, que ha hecho el Camino ocho veces. «Por si acaso llueve. Por si acaso hace frío. Por si acaso me encuentro con el Papa y tengo que ir presentable. El “por si acaso” te hará cargar un armario para todas las estaciones y todas las ocasiones».

La verdad incómoda: en cualquier ruta hay una economía circular perfecta. Farmacias, tiendas, cajas de donativos, peregrinos que venden o regalan cosas. Si realmente necesitas algo —antihistamínicos, un forro polar, un cargador distinto— lo encontrarás.

En vez de preguntarte «¿podría necesitarlo?», pregúntate: «¿me voy a morir sin esto?» Si la respuesta es no, se queda en casa.

 

Young woman packing her backpack
Mujer joven preparando su mochila
  • Regla 3: El peso vive arriba, pegado a la espalda, nunca en las caderas

Aquí es donde la mayoría se equivoca. No es solo cuánto pesa la mochila, sino dónde vive ese peso. La física de la mochila es contraintuitiva. Las cosas pesadas van arriba, cerca de los hombros, bien pegadas a la espalda. No abajo. No en los laterales. Y nunca, jamás, en el fondo de la mochila.

«Veo a gente que mete las zapatillas de repuesto en el fondo», dice Alberto, guía experimentado. «Luego se preguntan por qué la mochila les tira hacia atrás. Es como llevar un ancla atada a los pies».

El centro de gravedad de tu mochila debería estar lo más cerca posible del centro de gravedad de tu cuerpo: entre las escápulas, pegado a la columna. Todo lo que cuelga, se bambolea o sobresale se convierte en un peso multiplicado a cada paso.

Técnica práctica: lo más pesado (agua, portátil si de verdad tiene que venir, batería externa) va en el compartimento más cercano a la espalda, a la altura de los omóplatos. Los pesos medios (ropa, neceser) rellenan alrededor. Lo ligero (saco de dormir, cortavientos) va abajo o sujeto por fuera.

  • Regla 4: Cada objeto tiene que hacer al menos dos trabajos

En el Camino, el multitasking no es una soft skill: es supervivencia. Tu braga para el cuello es también cinta para el pelo, antifaz para dormir, toalla de emergencia y protección solar. Tu chaqueta impermeable es también cortavientos, manta de picnic y plástico para sentarte si el suelo está mojado. Tus bastones de trekking sirven también para tender la ropa, medir la profundidad de los charcos y alargar el brazo en las fotos de grupo.

«He bajado mi mochila de 12 a 7 kilos aplicando esta regla», cuenta Francesca, peregrina de 55 años. «Tiré la linterna: uso la del móvil. Tiré la toalla: mi pareo indio se seca antes y además es falda, manta y chal. Tiré la almohada hinchable: la chaqueta enrollada en una funda improvisada funciona de maravilla».

Antes de meter algo en la mochila, pregúntate: ¿qué más puede hacer? Si la respuesta es «solo esto», piénsatelo otra vez.

  • Regla 5: Haz la mochila tres veces, camina con la tercera

La primera vez que prepares la mochila meterás todo lo que crees que vas a necesitar. Será demasiado. La segunda vez quitarás lo obvio. Seguirá siendo demasiado. La tercera vez serás despiadado. Y por fin acertarás.

«A esto lo llamo “las tres mochilas”», explica Giovanni, que guía grupos desde hace diez años. «La primera mochila es ansiosa: quiere estar preparada para todo. La segunda es razonable: ya ha entendido que hace falta menos. La tercera es zen: ha entendido que en realidad hace falta muy poco».

El truco: haz la mochila, ciérrala un día entero, vuélvela a abrir y quita un 20%. Repite. Cuando ya no puedas quitar nada más sin sentirte genuinamente vulnerable, has encontrado tu equilibrio.

La mochila según la edad: por qué con 25 y con 65 no se camina igual

20–30 años: El peregrino invencible (eso cree)
  • Peso ideal de la mochila: 6–8 kg (en torno al 10% del peso corporal)
  • Tentación a evitar: tecnología extra. A esta edad estás acostumbrado a viajar con portátil, tablet, cámara, dron. En el Camino, el móvil basta.
  • ventaja: te recuperas rápido. Úsalo para caminar ligero, no para cargar más.
  • Error común: llevar unas zapatillas extra «por seguridad». Pesan 600–800 gramos. Lleva solo unas chanclas ultraligeras para la tarde.
30–45 años: El peregrino pragmático (con obligaciones)
  • Peso ideal de la mochila: 7–9 kg (10–12% del peso corporal)
  • Tentación a evitar: la oficina portátil. Si teletrabajas, lleva lo mínimo: móvil, batería externa, auriculares con cancelación de ruido.
  • Tu ventaja: eres organizado. Aprovechas bien el espacio. Cada cosa tiene su lugar.
  • Error común: neceser XXL. No necesitas una rutina de belleza en 7 pasos. Lleva jabón multiusos, crema solar, bálsamo labial. Y ya.
45–60 años: el peregrino sabio (pero cabezota)
  • Peso ideal de la mochila: 6–8 kg (10% del peso corporal: a partir de los 50 hay que ser más estricto)
  • Tentación a evitar: demasiados medicamentos «por si acaso». Lleva lo esencial; lo demás se compra en farmacia.
  • Tu ventaja: experiencia. Has viajado lo bastante como para saber qué hace falta de verdad.
  • Error común: exceso de “protecciones” contra el dolor: rodilleras, fajas, férulas. Si de verdad las necesitas, lleva solo la más importante. El resto es peso muerto.
60+ años: el peregrino minimalista (por necesidad y por elección)
  • Peso ideal de la mochila: 5–7 kg (máximo el 10% del peso corporal, pero mejor apuntar al 8%)
  • Tentación a evitar: comprar recuerdos durante el Camino. Todo lo que compres antes de la última etapa es peso extra.
  • Tu ventaja: claridad mental. Sabes qué es esencial porque has vivido lo suficiente como para distinguir necesidad de deseo.
  • Error común: pensar que tienes que “demostrar” algo. A esta edad no tienes que demostrar nada. Mochila ligerísima, etapas más cortas, cero culpa.

El secreto que nadie te cuenta: la mochila perfecta no existe el primer día

He aquí la verdad incómoda: tu mochila estará mal los primeros días. Todo el mundo carga de más. Todo el mundo descubre lo que realmente necesita después de la primera ampolla, la primera tormenta, la primera cuesta en la que maldice cada gramo de sobra.

El verdadero peregrinaje de la mochila se ve en las cajas de donativos de los albergues. Son galerías de arte del exceso: forros polares sin estrenar, libros a medio leer, kits de acampada completos, incluso un secador de pelo (lo juro).

«La caja de donativos es la prueba de la verdad», dice Lucía, que gestiona un albergue en Pamplona. «Ves lo que la gente trae y lo que la gente abandona. La diferencia entre ambas cosas es el Camino en sí».

En mi último Camino, mi mochila pesaba 6,2 kilos. En el primero, 14. La diferencia no es solo física: es filosófica. Cuanto más ligero caminas, más presente estás. Cuantas menos cosas llevas, más ves. El gran paradoja del peregrinaje es esta: cuanto más quitas, más encuentras.

Hay un dicho entre los veteranos: «Dios provee, pero una mochila ligera ayuda». O, como me dijo aquel señor mayor en el kilómetro cuatro, cuando todavía arrastraba mi mochila-ancla: «Muchacha, el Camino no es dónde llegas. Es cómo llegas. Y con esa mochila, llegas hecha polvo o no llegas». Tenía razón.

Al final entendí que hacer la mochila es como hacer las paces contigo misma: quitas todo lo que no sirve, te quedas solo con lo esencial y descubres que lo esencial es mucho menos de lo que pensabas. Y entonces caminas. Ligero. Libre. Por fin en casa en tu propio cuerpo, en lugar de en guerra con tu mochila.

Checklist universal: la mochila esencial

Ropa (máximo 2 kg):

2 camisetas técnicas

2 pantalones/pantalones cortos

3 pares de ropa interior técnica

3 pares de calcetines específicos de trekking

1 forro polar ligero

1 chaqueta impermeable

1 bañador (también sirve como muda de repuesto)

1 par de chanclas ligeras

Gorra / pañuelo

Neceser (máximo 500 g):

Jabón sólido multiusos (cuerpo/pelo/ropa)

Cepillo de dientes + pasta tamaño viaje

Crema solar en barra

Bálsamo labial

Desodorante pequeño

Primeros auxilios (máximo 300 g):

Apósitos antiampollas

Antiinflamatorio

Antihistamínico

Probióticos

Desinfectante tamaño pequeño

Medicación personal esencial

Tecnología (máximo 500 g):

Móvil

Batería externa (pequeña)

Cables

Auriculares

Tapones para los oídos

Otros:

DNI + tarjeta sanitaria

Credencial del peregrino

Efectivo en billetes pequeños

Cantimplora (no cargues agua de más por la noche)

Saco de dormir ligero o saco sábana

Bastones de trekking (no van dentro de la mochila, así que no cuentan en el peso… pero salvan rodillas)

Peso objetivo total: 5–7 kg

Peso máximo tolerable: 9 kg

Más de 10 kg: párate, abre la mochila y pide a un desconocido que te diga qué quitar. El desconocido será implacable, y tendrá razón.

Entrada también disponible en: English Italiano

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