Millones de peregrinos han caminado hasta Santiago de Compostela para venerar la tumba del apóstol Santiago. Pero si los restos situados bajo el altar mayor pertenecen realmente al Apóstol, es una cuestión que la arqueología, la historia y la teología llevan más de un siglo estudiando sin alcanzar una respuesta definitiva.
En la cripta bajo el altar mayor de la catedral de Santiago de Compostela, un relicario de plata contiene unos huesos venerados como los restos de Santiago Apóstol —Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, uno de los tres discípulos del círculo más cercano de Jesús, presentes en la Transfiguración y en Getsemaní— al menos desde el siglo IX. Alrededor de esos huesos se construyó toda una civilización: caminos, hospitales, reinos, arte, literatura, teología y el mayor movimiento voluntario de masas de la Europa medieval.
Pero la cuestión de si esos huesos son realmente suyos nunca ha quedado resuelta. Probablemente nunca pueda resolverse. Y la forma en que esa pregunta ha sido tratada —por la Iglesia, por los estudiosos, por los peregrinos y por la ciudad que depende de la respuesta— revela algo importante sobre la relación entre fe, historia y aquello hacia lo que decidimos caminar.
El relato fundacional y sus problemas
La narración tradicional sostiene que Santiago el Mayor predicó en la península ibérica después de la Resurrección, regresó a Jerusalén, fue decapitado por Herodes Agripa hacia el año 44 —convirtiéndose así en el primero de los apóstoles en sufrir martirio—, y que sus discípulos trasladaron después su cuerpo en barca hasta el extremo noroccidental de la península, donde fue enterrado y acabó cayendo en el olvido.
Siglos más tarde, hacia el año 830, un ermitaño llamado Pelayo afirmó haber visto luces extrañas sobre un campo; el obispo Teodomiro investigó el fenómeno y se descubrió una tumba. Alfonso II de Asturias mandó construir una iglesia sobre el lugar. La peregrinación vino después.
Las dificultades históricas de este relato son considerables y bien conocidas. Ninguna fuente contemporánea —ni textos del Nuevo Testamento, ni autores patrísticos de los siglos I o II— menciona una predicación de Santiago en Hispania. Las primeras pruebas textuales de la tradición hispánica datan, como pronto, del siglo VII, más de seiscientos años después de la muerte de Santiago. Los Hechos de los Apóstoles, nuestra fuente principal sobre la actividad de los primeros apóstoles, no dicen nada de una misión en España y sitúan a Santiago firmemente en Jerusalén hasta su ejecución.
Esto no vuelve imposible la tradición. La ausencia de pruebas no es prueba de ausencia, y el registro documental del siglo I es, en el mejor de los casos, fragmentario. Pero sí significa que el relato fundacional descansa sobre la tradición, no sobre una atestiguación histórica directa.
El hallazgo de 1879 y sus complicaciones
Los huesos que hoy se conservan en el relicario ni siquiera son, estrictamente hablando, los huesos venerados durante siglos. La tumba primitiva se perdió, según una versión porque fue escondida deliberadamente para protegerla de la incursión de Almanzor en 997, quien saqueó la ciudad pero, según se dice, dejó intacto el sepulcro. Las reliquias desaparecieron del registro oficial durante varios siglos.
En 1879, durante unas obras de restauración, se descubrieron tres esqueletos en una tumba de época romana bajo el suelo de la catedral. Tras una comisión de investigación, el papa León XIII promulgó en 1884 la bula Deus Omnipotens, en la que declaró que aquellos eran los restos auténticos de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro. Se fabricó el relicario y los huesos fueron depositados en su interior. El hallazgo llegó en un momento oportuno: la peregrinación se encontraba en una profunda decadencia, y la autentificación contribuyó a revitalizarla.
La metodología de la comisión fue, según los criterios actuales, limitada. No se trató de un estudio arqueológico en sentido riguroso. La identificación se apoyó principalmente en la correspondencia con un fragmento de cráneo conservado en Pistoia, Italia, tradicionalmente considerado una reliquia de Santiago enviada desde Compostela en el siglo XII. Los huesos compostelanos presentaban un cráneo al que le faltaba un fragmento correspondiente, lo que se interpretó como confirmación de que el fragmento de Pistoia y los restos de Compostela pertenecían al mismo individuo.
El dato es sugerente, pero no concluyente. Que un fragmento de cráneo encaje con una falta en otro cráneo solo demuestra que proceden del mismo cráneo. No establece de quién era ese cráneo.
La hipótesis de Santiago el Menor

Varios investigadores —entre ellos, de forma destacada, el arqueólogo e historiador español Amador Rodríguez y, en otro registro, el experto alemán Klaus Herbers— han planteado la posibilidad de que los huesos, incluso si fueran realmente antiguos y apostólicos, no pertenecieran a Santiago el Mayor, sino a Santiago el Menor, también conocido como Santiago el hermano del Señor, primer obispo de Jerusalén, martirizado hacia el año 62 al ser arrojado desde el Templo y después lapidado.
El argumento, en líneas generales, es el siguiente. Los dos Santiagos aparecen confundidos con frecuencia en la tradición cristiana primitiva; las fuentes textuales sobre qué “Santiago” hizo qué son realmente ambiguas en varios autores patrísticos. Santiago el Menor fue una figura de enorme autoridad en la Iglesia de Jerusalén y sus reliquias habrían sido muy apreciadas. La misión española atribuida a Santiago el Mayor carece de atestiguación en el siglo I. Y algunos detalles iconográficos de las primeras representaciones del culto compostelano encajan algo mejor con Santiago el Menor que con Santiago el Mayor.
Se trata de una posición minoritaria dentro de la investigación y debe presentarse como tal. La mayoría de los historiadores y arqueólogos que han trabajado sobre la cuestión no la consideran demostrada: la ven como una hipótesis plausible que no puede confirmarse ni refutarse con las pruebas disponibles. La Iglesia nunca ha respondido oficialmente a ella, lo cual constituye, en sí mismo, una forma de respuesta.
Lo que los huesos no pueden decirnos
En 2004, un equipo dirigido por el antropólogo forense José Miguel Carracedo llevó a cabo el análisis científico más completo realizado hasta ahora sobre los restos. Los resultados se publicaron discretamente, sin generar los titulares que cabría esperar.
El análisis estableció que los huesos pertenecen al menos a tres individuos, algo compatible con la tradición de Santiago y sus dos discípulos. La datación por carbono los situó de forma amplia entre el siglo I a. C. y el siglo II d. C., un arco cronológico compatible con un origen apostólico, pero demasiado amplio para resultar probatorio. Los huesos no muestran signos de muerte violenta, lo que es compatible con Santiago el Menor, lapidado, y aparentemente menos compatible con Santiago el Mayor, decapitado, aunque las huellas esqueléticas de una decapitación no siempre se conservan.
El resumen preciso de lo que la ciencia ha logrado determinar sería este: se trata de huesos antiguos, pertenecen a varios individuos y podrían, en principio, corresponder a personajes del siglo I. Pero también podrían ser los restos de muchas otras personas de la misma época. Los huesos, por sí solos, no pueden decirnos quiénes fueron.
El valor de la peregrinación

Hay aquí un punto teológico que merece ser señalado, y que los peregrinos serios siempre han comprendido, aunque no lo hayan formulado necesariamente en estos términos.
La peregrinación a Compostela nunca trató, en sentido estricto, solo de los huesos. O, más exactamente, trató de los huesos como lugar de encuentro, como punto en el que la frontera entre los vivos y los muertos, entre lo histórico y lo trascendente, se vuelve más delgada.
Los peregrinos medievales no caminaban hasta Santiago porque hubieran verificado de forma indiscutible la autenticidad de las reliquias mediante investigación documental. Caminaban por fe, porque el propio camino transformaba, porque la comunidad de peregrinos sostenía, porque poner el cuerpo en movimiento hacia algo era, en sí mismo, una forma de oración.
La Iglesia medieval lo entendía. El complejo sistema de indulgencias vinculado a los lugares de peregrinación no era una transacción burda dependiente de la autenticidad química de las reliquias. Era el reconocimiento de que la devoción, el esfuerzo y la intención del peregrino tenían un valor propio, independiente del objeto venerado —aunque no ajeno a él.
Esto no responde la pregunta histórica. Si los huesos pertenecen a Santiago el Mayor, a Santiago el Menor o a otra persona por completo es una cuestión real, y merece una investigación real. La peregrinación no se vuelve más auténtica por negarse a plantearla. Pero la pregunta y la peregrinación existen en registros distintos, y confundirlos por completo no hace justicia a ninguna de las dos.
Dónde está hoy el debate
El estado actual de la cuestión puede resumirse en unas pocas frases: Los huesos de Compostela son realmente antiguos. Su atribución a Santiago Apóstol descansa en una tradición medieval, no en documentación contemporánea ni en verificación científica. La posibilidad de que pertenezcan a Santiago el Menor y no a Santiago el Mayor ha sido planteada por estudiosos solventes y no puede excluirse, pero tampoco ha sido demostrada. La Iglesia mantiene la autentificación de 1884 y no la ha revisado oficialmente. La peregrinación sigue floreciendo.
Esa última frase quizá sea el dato más interesante de todos. En una época de análisis de ADN, crítica documental y arqueología forense, medio millón de personas al año caminan hacia una tumba cuyo ocupante no puede identificarse con certeza. En conjunto, no parecen considerar que eso sea un problema.
Si esto refleja la irrelevancia de la pregunta histórica para la práctica espiritual, una cierta falta deliberada de curiosidad o algo más profundo sobre la propia naturaleza de la peregrinación, quizá sea precisamente la pregunta que conviene llevar en el camino a Santiago.
Fuentes: Richard Fletcher, Saint James’s Catapult: The Life and Times of Diego Gelmírez of Santiago de Compostela (1984); Klaus Herbers, Der Jakobsweg (2006); T. D. Kendrick, St James in Spain (1960); José Miguel Carracedo et al., análisis forense de las reliquias compostelanas (2004); León XIII, Deus Omnipotens (1884); Hechos de los Apóstoles 12, 1-2.
The Legend of the Cabaleiro das Cunchas: A Tale from Santiago

