Desde L’Aquila, ciudad acostumbrada a reinventarse tras los terremotos, hasta el santuario de San Miguel en el Gargano, discurre el Camino de la Paz (Cammino della Pace). Una ruta de más de trescientos kilómetros que parece invitar a la serenidad de los bosques y a la quietud de los pueblos de montaña.
Pero quien la recorre, pronto descubre que la paz, aquí, no es un simple paisaje: es un anhelo que brota de heridas terribles.
Los Abruzos son tierra de cicatrices. Las más visibles las han dejado los seísmos, que una y otra vez han obligado a levantar de nuevo campanarios y casas de piedra. Otras, menos evidentes, están hechas de dinamita y de sangre. Bajo los prados y las encinas late un pasado bélico que en el invierno de 1943 convirtió estos valles en un escenario de horror: la campaña del río Sangro y, pocas semanas después, la batalla de Ortona (20–28 de diciembre de 1943), una lucha urbana tan feroz que los historiadores la recuerdan como la “Stalingrado italiana”.
Entre la sangre y el barro

Otoño de 1943: Italia acaba de firmar el armisticio, Mussolini ha caído y el país, dividido, se convierte en tablero de una guerra de posiciones. En el este de la península, el mariscal alemán Albert Kesselring ordena fortificar la Línea Gustav, un cinturón de defensa que debe frenar el avance aliado hacia Roma.
Frente a él, el Octavo Ejército británico de Bernard Montgomery —con tropas británicas, neozelandesas, indias y canadienses— recibe la misión de abrir brecha en los Abruzos y distraer a los alemanes mientras, en el otro lado de la península, se prepara el desembarco de Anzio y se bombardea Montecassino.
Pero el río Sangro, normalmente un curso de agua pequeño, se convierte de repente en un enemigo formidable. Las lluvias de noviembre lo hinchan hasta casi un kilómetro de anchura: un torrente de agua helada que arrastra puentes, anega valles y convierte la llanura en un pantano. Durante días los ingenieros británicos levantan puentes Bailey bajo el fuego enemigo, mientras los soldados avanzan con el barro hasta la cintura. El cielo nublado, de un gris acerado, parece fundirse con el humo de la artillería.
La noche del 27 de noviembre la ofensiva comienza con un bombardeo de casi setecientos cañones. En la franja costera, la 78.ª División británica y la Brigada Irlandesa avanzan hacia Fossacesia y San Vito Chietino. En el centro, las brigadas indias —gurkhas incluidos— toman y pierden Mozzagrogna en combates casa por casa, antes de asegurarla de nuevo. En el interior, la 2.ª División neozelandesa empuja hacia Castel Frentano, intentando envolver las posiciones alemanas.
Los defensores no ceden fácilmente. La 65.ª División de Infantería y los paracaidistas de élite de la 1.ª División alemana contraatacan una y otra vez, aprovechando cada pliegue del terreno para retrasar el avance. Los manuales de historia hablan de una “batalla menor”, pero para quienes la vivieron aquel combate fue una sucesión de jornadas interminables de barro, frío y miedo.
¿Era inevitable?
Los propios historiadores militares han debatido si la planificación de Montgomery contribuyó a un coste humano innecesario. Apremiado por el alto mando aliado para presionar el frente oriental antes de Anzio, optó por un ataque frontal a pesar del terreno anegado y de unas defensas alemanas sólidas. Otros generales, como Harold Alexander, avalaron la estrategia en busca de un efecto de distracción.
No fue una matanza deliberada, pero sí una decisión consciente de arriesgar vidas para lograr un objetivo estratégico limitado. Miles de jóvenes —británicos, indios, neozelandeses, alemanes— se vieron empujados a un combate feroz en condiciones invernales casi imposibles.
El 4 de diciembre, tras una semana de lucha encarnizada, los Aliados fuerzan la retirada alemana hacia el río Moro. Victoria táctica: el frente se desplaza unos 10 kilómetros al norte y el plan de Montgomery de fijar a las fuerzas de Kesselring parece cumplido. Pero en los cementerios de guerra del Sangro descansan miles de muchachos de dieciocho o veinte años, y su silencio deja en el aire la pregunta de si aquel sacrificio aceleró de verdad el fin de la guerra o si fue, como muchos veteranos pensaron después, una victoria pírrica pagada a un precio desorbitado.
Apenas dos semanas después, en el vecino puerto adriático de Ortona, la lucha alcanzó un nuevo grado de brutalidad. Entre el 20 y el 28 de diciembre de 1943, la 1.ª División canadiense combatió calle a calle contra la 1.ª División Paracaidista alemana en un combate de desgaste que destruyó gran parte del casco urbano. Aquella batalla de Ortona, con su mortífera guerra de túneles y explosivos en cada esquina, confirmó la fama de los Abruzos como “Stalingrado italiana” y convirtió la costa adriática en otro símbolo del precio de la libertad.
Masacre de la población
Y para los habitantes de estas montañas, la guerra no se libró solo en el frente. La política de “tierra quemada” alemana fue implacable: aldeas evacuadas, casas dinamitadas, cosechas requisadas. El 21 de noviembre de 1943, en Pietransieri, 125 civiles —hombres, mujeres y niños— fueron ametrallados y después los establos que los albergaban volados con explosivos. En Lettopalena, los soldados hicieron salir a todos los vecinos y, durante horas, derribaron cada vivienda a base de cargas.
“Vimos nuestras casas volar una tras otra —recordaría un superviviente— hasta que el pueblo quedó cubierto por un manto de polvo blanco”. Treinta civiles murieron; los demás pasaron el invierno escondidos en cuevas de la Maiella, durmiendo sobre paja, hambrientos y ateridos. En Gessopalena la escena se repitió. La liberación llegó, pero dejó tras de sí ruinas humeantes y un silencio traumático que perduró décadas.
Mientras los Aliados celebraban su avance, los abruzzeses contaban a sus muertos y trataban de sobrevivir entre los escombros. Muchos aldeanos vagaron durante semanas buscando refugio; otros, como los de Lettopalena, regresaron solo para encontrar su pueblo borrado del mapa. Las historias de quienes se ocultaron en cuevas heladas, de niños que vieron arder sus casas, de ancianos que perdieron a toda su familia, aún resuenan en las orillas del Sangro.
Un camino para no olvidar
Hoy, el peregrino que recorre el Cammino della Pace pisa esos mismos parajes. Cementerios militares donde reposan soldados de ambos bandos, memoriales de la Brigada Maiella —los partisanos locales que se unieron a los Aliados—, ruinas de pueblos fantasma: cada hito del camino es un recordatorio de lo que significó aquel invierno de 1943.
La naturaleza ha vuelto a cubrir con su verde las laderas que conocieron el fuego. Pero cada puente, cada caserío reconstruido, guarda la memoria de aquellos días de lodo y de sangre. Caminar aquí es un acto de memoria. Cada paso evoca a los jóvenes soldados que murieron por decisiones tomadas en despachos lejanos y a los civiles que pagaron con su vida el precio de la guerra.
El Cammino della Pace recuerda que la paz no es un estado permanente, sino una tarea frágil. Quien lo recorre, entre el rumor de los ríos y el silencio de los cementerios, comprende que caminar también es comprometerse a que la barbarie no vuelva a repetirse. Porque, si el pasado deja cicatrices, el futuro depende de que sepamos leerlas.

