El nuevo filme de Checco Zalone, récord de taquilla en Italia, narra el viaje de un padre y la relación – todavía por construir – con su hija adolescente a lo largo del Camino de Santiago
Cada año, alrededor de 500.000 personas recorren el Camino de Santiago. Llegan desde todo el mundo, algunos con mochilas demasiado pesadas o botas recién estrenadas, todos en busca de sus propios porqués. Checco Zalone, el cómico más popular de Italia, ha decidido contar esta experiencia extraordinaria —íntima y colectiva al mismo tiempo— a su manera inconfundible. El resultado, Buen Camino, es ya la película más taquillera de la historia del cine italiano.
Para quien no conozca a Zalone, basta imaginar una versión mediterránea de Adam Sandler, pero con un talento especial para encarnar todo aquello que el italiano medio querría ser y, al mismo tiempo, detesta de sí mismo. Sus personajes son ingenuos, ignorantes, oportunistas, provincianos. Pero, sobre todo, irresistiblemente simpáticos y con un fondo de humanidad.
En veinte años de carrera, Zalone ha construido un auténtico imperio retratando con ironía a una Italia que sueña con hacerse rica sin trabajar, que ansía el empleo fijo, que confunde el éxito con la posesión y la picaresca con la inteligencia. Un italiano que, pese a todo, no es nunca cruel: está dispuesto a cambiar por amor, y conserva siempre un aire infantil.
Aquí el trailer oficial, en italiano:
En Buen Camino, dirigida por su colaborador habitual Gennaro Nunziante, Zalone interpreta a Checco, heredero de un imperio de sofás que no ha trabajado un solo día en su vida. Vive rodeado de lujo y exceso: yates, coches deportivos, fiestas horteras. Tiene más de cincuenta años, una exmujer y una novia guapísima y, por supuesto, mucho más joven. Cuando su hija adolescente Cristal desaparece de casa para emprender el Camino de Santiago, Checco decide seguirla. Como buen padre, no puede ni quiere dejarla sola en una aventura que considera peligrosa. Su objetivo es simple: traerla de vuelta a casa.
El planteamiento parece previsible. La redención del rico a través del sufrimiento físico es un tópico tan antiguo como el propio cine. Sin embargo, lo que distingue a Buen Camino de la mayoría de las comedias italianas es su sorprendente honestidad emocional. Zalone y Nunziante resisten la tentación de convertir la película en un sermón sobre la vida sencilla o, peor aún, en una exaltación del turismo espiritual para ricos en crisis existencial. El Camino, en la película, es lo que es: duro, incómodo, poblado de personajes estrafalarios que roncan en albergues con olor a pies.

Durante la marcha hacia Santiago, Checco se enfrenta a albergues destartalados y situaciones incómodas, intentando a menudo usar su dinero para comprar comodidad. Pero el Camino no hace excepciones. Podría ser el lema de la película. Checco aprende no porque alguien se lo enseñe, sino porque las ampollas en los pies son democráticas: duelen igual a los millonarios que al resto del mundo.
La crítica italiana se ha dividido. Algunos acusan a Zalone de haberse suavizado, de haber perdido la mordacidad políticamente incorrecta que lo hizo famoso. “¿Dónde está el Zalone iconoclasta?”, se preguntan. Tal vez la respuesta sea: caminando. Hay algo profundamente humilde en poner un pie delante del otro durante semanas. Es difícil mantener la pose de provocador cuando tienes cuarenta de fiebre en un albergue de Galicia.
Paradójicamente, esa supuesta suavidad es la gran fortaleza de la película. Zalone no renuncia a la sátira – las pullas al macho italiano que se cree irresistible, a la obsesión nacional por la comida o a la relación enfermiza con el trabajo siguen ahí, afiladas –, pero añade otro registro: el de la emoción genuina. Cuando Checco y su hija, tras kilómetros de silencios hostiles, consiguen por fin hablar, la escena funciona no a pesar de los chistes anteriores, sino gracias a ellos. Hemos reído lo suficiente como para permitirnos emocionarnos.

El Camino de Santiago tiene una historia milenaria. Nació como peregrinación religiosa a la tumba del apóstol Santiago, se convirtió en símbolo de la cristiandad medieval, sobrevivió a la Reforma, al racionalismo ilustrado y a la secularización del siglo XX. Hoy acoge a creyentes y ateos, buscadores espirituales y turistas deportivos, directivos agotados y jóvenes en crisis. Todos caminan hacia el mismo punto, aunque cada uno busque algo distinto. Buen Camino capta esta verdad con una ligereza engañosa: bajo la comedia se esconde una reflexión seria sobre qué significa ser padre, ser hijo y ser humano en busca de sentido.
Checco parte para recuperar a una hija que, en realidad, no conoce. Ignora qué le gusta, quiénes son sus amigos o por qué ha decidido caminar 800 kilómetros en lugar de quedarse en una villa con piscina. Como muchos padres, cree que proveer económicamente equivale a amar. El Camino le enseña una verdad elemental: la presencia no se compra. Solo puede ofrecerse, paso a paso.
Los datos de taquilla cuentan una historia reveladora. Los italianos, tradicionalmente reacios a ir al cine, llevan semanas llenando las salas. Familias, grupos de amigos, parejas: todos dispuestos a ver a un hombre con un peluquín ridículo que pensaba hacer el Camino en Ferrari y acaba despojándose de todo por amor. Tal vez haya algo catártico en ver a otro sufrir. O quizá, en un país que corre sin saber muy bien hacia dónde, la idea de frenar hasta caminar tenga un atractivo irresistible.

Nunziante lo resumió así en una entrevista reciente: “El final feliz es necesario. El objetivo de la vida es la alegría”. Una afirmación casi provocadora en una época de cinismo cultural, donde el final feliz suele considerarse ingenuo o intelectualmente sospechoso. Buen Camino se atreve a creer que las personas pueden cambiar, que las relaciones pueden repararse y que 800 kilómetros pueden marcar la diferencia. A juzgar por la taquilla, el público ha decidido acompañar ese riesgo.
Hay una ironía final en el éxito de la película. Checco es heredero de un imperio de sofás —símbolo perfecto de la quietud, la comodidad, la inmovilidad—. El Camino es justo lo contrario: esfuerzo, incomodidad, avance constante. Millones de italianos han dejado sus sofás para ir al cine a ver a un hombre que abandona el suyo, metafóricamente, para echar a andar. Si eso no es poesía, se le parece mucho.
Al final del filme, Checco llega a Santiago. Está sudado, sucio y ha perdido el peluquín por el camino. Abraza a su hija. No dice nada especialmente profundo. No hace falta. Hay cosas que solo se entienden caminando juntos.
Buen Camino es un pequeño gran logro. Una comedia italiana que hace reír, emociona cuando debe y se atreve a sugerir que, quizá, para encontrarnos, primero tengamos que perdernos. A ser posible, en un sendero polvoriento, con ampollas en los pies y sin saber muy bien dónde dormiremos esa noche. El Camino, al fin y al cabo, no hace descuentos. Ni siquiera a los millonarios con peluquín.

