Año 1344. El gran explorador musulmán Ibn Battuta atraviesa las junglas húmedas del interior de Ceilán (hoy Sri Lanka), guiado por devotos y leyendas. Va en busca de una montaña legendaria: la cumbre más venerada del sur de Asia. Al verla, la describe como un pico aislado “en forma de yunque”, rodeado de niebla, selva y silencio.
El ascenso no es fácil. A medida que sube, encuentra escalones tallados en la roca y cadenas de hierro clavadas para que los peregrinos puedan sujetarse. Finalmente, alcanza la cima, donde ve lo que ha venido buscando: una huella gigantesca hundida en la roca, de once palmos de largo. Para él, no hay duda: “Es la huella bendita de nuestro padre Adán, el primer hombre, que descendió del Paraíso sobre esta montaña”.
Pero Ibn Battuta no lo sabía, o quizás sí: aquella cumbre ya era sagrada mucho antes del Islam. Y esa huella, según quién la mire, podría ser también la del Buda, la del dios hindú Shiva… o la de otro personaje venerado por distintas tradiciones.
Un monte sagrado antes de las religiones
La montaña, hoy llamada Adam’s Peak en inglés y Sri Pada en cingalés (“pie sagrado”), ya era venerada por los pueblos indígenas de Sri Lanka mucho antes de las grandes religiones institucionales. Realmente, el monte, con su sorprendente forma de pirámide, su huella en la cima y sus piedras preciosas en las laderas, ha sido desde siempre un lugar donde se respira un aire sobrenatural.
En las creencias antiguas, esta cima aislada era la morada de una divinidad tutelar: Saman, un dios de la montaña, protector de los bosques y del cielo. Siglos después, el budismo lo adoptó como deva guardián, y su culto aún pervive cerca de la cima, donde se le dedican oraciones y ofrendas. El nombre más antiguo registrado en las crónicas budistas es Samantakuta, “la cumbre de Saman”.
La huella del Buda

Según la tradición budista cingalesa, fue el Buda Gautama quien dejó la huella en lo alto del monte durante su tercer y último viaje misionero a Sri Lanka. Lo hizo a petición del príncipe Sumana (quien, tras su muerte, renacería como el dios Saman).
En el siglo I a.C., el rey Valagambahu, huyendo de invasores, habría sido guiado por una aparición hasta la cima, donde redescubrió la huella y la declaró sagrada. Desde entonces, monarcas y fieles han peregrinado allí para venerarla.
Durante los siglos XI al XIII, reyes como Vijayabahu I y Parakramabahu II organizaron rutas de peregrinación, construyeron senderos, colocaron pasamanos de cadenas y establecieron refugios para los caminantes. Incluso dotaron con tierras y arrozales a los templos de la montaña para alimentar a los fieles en su camino.
La huella fue recubierta por una losa protectora y un santuario. Hasta hoy, miles de peregrinos budistas suben cada año —muchos durante la noche— para llegar al amanecer, cuando el sol proyecta una sombra cónica perfecta que parece flotar en el cielo: la sombra del Pico de Adán, una experiencia mística difícil de olvidar.
El pie de Shiva
Para los hindúes tamiles, la misma huella pertenece al dios Shiva, el asceta supremo que mora en las alturas. La montaña es conocida como Sivanolipatha Malai en tamil, “la montaña del pie de Shiva”, y también se la relaciona con Trikuta, la mítica capital del demonio Rávana en el Ramayana.
Los hindúes realizan su propia peregrinación al pico, a menudo compartiendo sendero y fecha con los budistas. El culto convive: en la ruta hay tanto pequeños devalayas (santuarios hinduistas) como vihāras budistas, y cada comunidad venera la huella a su manera.
La montaña del primer hombre: el Islam y Adán
La tradición islámica cuenta que Adán, tras ser expulsado del Paraíso, cayó del cielo y aterrizó sobre esta montaña, en la isla de Sarandib (antiguo nombre árabe de Sri Lanka). Al tocar la tierra, su pie dejó una huella en la roca. Permaneció allí, en penitencia, de pie sobre una sola pierna durante años, rogando el perdón de Dios.
Los mercaderes árabes del Índico comenzaron a peregrinar al lugar. Algunos grabaron inscripciones en árabe cerca de la cima. Y fue gracias a ellos —y a viajeros como Ibn Battuta— que el nombre Adam’s Peak se popularizó en Occidente.
Los musulmanes nunca reclamaron en exclusividad la montaña, pero sí la integraron profundamente en su geografía espiritual. Según sus leyendas, las gemas que abundan en las laderas del monte serían las lágrimas cristalizadas de Adán y Eva.
La fascinación cristiana
Aunque el cristianismo nunca desarrolló un culto propio en Adam’s Peak, varios cronistas medievales dejaron constancia del impacto del lugar. Uno de ellos fue el fraile franciscano Giovanni de Marignolli, legado papal en Asia a mediados del siglo XIV.
Marignolli llegó a Sri Lanka hacia 1348 y subió hasta la cima. Examinó la huella detenidamente, estimando su tamaño en “dos palmos y medio”. Dudaba de su origen: ¿era de Adán, como decían los musulmanes? ¿O tal vez de Santo Tomás Apóstol, el evangelizador de la India? ¿Podía ser incluso del legendario “rey Josafat”, una figura cristiana medieval inspirada en el Buda?
Marignolli no se atrevió a concluir, pero dejó por escrito su asombro. Para él, era evidente que aquel monte concentraba más devoción sincera que muchos templos de Europa. Su crónica, junto a las de otros viajeros, alimentó la fama del Pico de Adán en el imaginario cristiano.
Otros visitantes notables que describieron la montaña incluyen a Marco Polo, que hacia 1290 menciona la “gran montaña sagrada de Ceilán” como uno de los principales lugares de peregrinación de Asia —aunque sin entrar en detalles sobre la huella—, y el inglés Robert Knox, prisionero en Sri Lanka en el siglo XVII, que relata tradiciones populares asociadas al pico.
Ya en el siglo XIX, el médico británico John Davy subió a la cima y escribió que la huella, aunque de aspecto algo burdo, estaba rodeada de una atmósfera de profunda reverencia, y que ningún análisis topográfico podía restarle su fuerza simbólica.
La montaña compartida

Durante más de mil años, el Adam’s Peak ha sido un santuario multirreligioso. Cada comunidad lo ha reinterpretado según su fe, pero han convivido con respeto. En la ruta tradicional hay inscripciones en árabe junto a donaciones de reyes budistas; saludos devocionales que atraviesan lenguas y credos; y prácticas rituales paralelas sin conflicto. Es uno de los raros casos en los que el pluralismo no es una excepción, sino una costumbre.
Actualmente, la temporada de peregrinación se extiende de diciembre a mayo. Se puede ascender por varias rutas —la más conocida desde Hatton— a través de más de 5.000 escalones de piedra. Muchos suben de noche para ver amanecer desde la cima, donde la sombra de la montaña parece una pirámide flotante.
En la cumbre, la huella está protegida por un santuario budista. Los peregrinos hacen sonar una campana por cada vez que han logrado ascender. A veces se oyen diez, quince… incluso cien repiques.
Se calcula que más de 100.000 personas suben cada año, entre locales y visitantes de todo el mundo. En la cima, cada uno reza a su manera. Algunos recitan mantras. Otros repiten “Alá Akbar”. Otros simplemente contemplan el cielo en silencio.
Una huella de humanidad
Pocas montañas concentran tanta diversidad espiritual como el Pico de Adán. Desde el pie de Buda hasta el de Adán, desde Shiva hasta los ojos de un fraile medieval, todos han visto en esa depresión en la roca algo que va más allá de lo físico.
No importa quién dejó esa huella. Lo que importa es lo que ha dejado en nosotros: la certeza de que el ser humano, cuando mira hacia lo alto con respeto, puede compartir la misma cima aunque suba por caminos distintos.

